Sociedad

Los espacios son todo en la memoria

Hace algunos años, escribí una columna que llevaba el título de esta misma. Allí reflexionaba sobre la ciudad, el pueblo en el que nací, sobre los cambios que provocan el paso del tiempo y la poca memoria que, por momentos, uno cree que tienen quienes son responsables de cuidar el patrimonio. Porque el patrimonio lo cuidan quienes lo sienten como propio, los ciudadanos, los vecinos, pero también las autoridades y las organizaciones.

Aquella reflexión surgió, para variar, a partir de un libro. En ese caso fueron las memorias del gran ensayista y pensador argentino Juan José Sebreli (*). Allí escribió que “donde todo cambia, algo deberán permanecer porque los lugares de una ciudad son hitos que sirven de orientación y reconocimiento de sus habitantes en el espacio y en el tiempo. Afirman, por otra parte, el sentimiento de identidad y continuidad del sujeto al trazar una trama durable ante la discontinuidad y la fragmentación provocadas por el paso del tiempo y los cambios incesantes. El recuerdo de lo que fuimos es inseparable de la conciencia individual, así como la historia lo es de la conciencia social.” ¿Cómo cuida la ciudad y su gente, el paso del tiempo? ¿Cómo lo preserva? O mejor dicho, no le carguemos a “la ciudad” como una entelequia, sino ¿qué autoridades se hacen responsables de estas acciones?

Y reflexionaba sobre que el San José de hoy no es el mismo de ayer. Muchos cambios han hecho mucho más funcional y moderna la ciudad. San José mantiene los mismos olores, los mismos tonos de luces, los mismos ritmos. Eso hace que, quienes nos hemos alejado, todavía, cada vez que vamos, nos sigamos sintiendo en casa.

Claro que no todo es color de rosa. Seguiremos lamentando por siempre la destrucción infame de los bancos con cerámicas españolas que rodeaban el monumento de la Plaza “Treinta y Tres” en un atentado evidente a la memoria y al patrimonio local de lo que es responsable la Intendencia conducida, en su momento, por el Intendente Chiruchi, era la dictadura, si la memoria no me traiciona. También se extraña la fuente de la Plaza “4 de octubre”, que aunque reconozco que plásticamente dejaba bastante que desear, era bastante más digna que cuatro piedritas húmedas que dan pena hoy en día. Sería deseable que alguien se hiciera responsable de esos cambios, porque ese tipo de decisiones inciden directamente en la memoria y en la identidad de los pueblos.

Ud. se preguntará, estimado lector, por qué vuelvo con este asunto. El amigo, periodista, Miguel Arregui, de visita por la Ciudad de Astorga, en España, en la zona de la Maragatería, me envió hace pocos días, una fotografía de una calle con la que se encontró. Como puede ver, la calle es San José de Mayo. En mi infancia, la hoy calle Batlle y Ordóñez, se llamaba, justamente Ciudad de Astorga. En un justo y recíproco homenaje, la ciudad española reconocía a la ciudad de los maragatos en Uruguay, con una calle y en San José, con otra calle, se consideró a la capital de la maragatería española. Pero, mientras el acuerdo, supongo que diplomático o al menos un pacto de palabra. Pero, mientras ellos, los españoles, son serios, las autoridades de San José, violaron ese acuerdo, hace años, cuando se quitó el nombre de la calle Ciudad de Astorga, y se la sustituyó por Batlle y Ordóñez.

Cuando hice esta crítica, hace años, un intendente me quiso convencer que se San José igual homenajea a Astorga, al bautizar una placita, que la gente nombra como “Plaza de colores”. Esa llamada “Plaza de colores” ¿tiene algo que ver con la identidad local? Dudo que un maragato llame al lugar como Plaza Ciudad de Astorga.

El error ya se cometió. La macana se hizo. Un papelón. No se puede volver atrás. Ellos sí respetaron el acuerdo y, como lo demuestra la foto de mi amigo Miguel, la calle está en Astorga. Sin embargo, en San José no. Igual, la Intendencia de San José debería enmedar el acto imprudente y autoritario y volver a bautizar a alguna calle -no digo Batlle, pero otra- como Ciudad de Astorga.

“La memoria, extrañamente no registra el transcurso del tiempo y solo en y por el espacio se recuperan los recuerdos (…) El espacio es todo en la memoria. No recordamos nuestra infancia, día a día, circulando en el transcurso de un tiempo continuo, siguiendo el hilo de un relato histórico, sino sobre el fondo de una duración ilusoria y abstracta compuesta por una serie indiferente de instantes sin fecha, pero localizados en el espacio. Es decisivo, entonces, para la subjetividad, evocar las casas y los cuartos donde se ha estado, los espacios vividos, los espacios íntimos, los espacios amados, los espacios, tal vez, soñados, aun los espacios donde se ha sufrido ya que la distancia todo lo enternece.”

Esta última afirmación de Sebreli es justamente la motivación de este artículo. La distancia (en nuestro caso unos tristemente lejanos 92 kms) nos hace ver y sentir a San José con nostalgia y muchas veces, con dolor de lo que ya no es.

(*) “El tiempo de una vida” de Juan José Sebreli. Ed. Sudamericana. Buenos Aires, 2005 / Foto gentileza de Miguel Arregui

Artículo escrito por el periodista Jaime Clara para el sitio www.delicatessen.uy