Esparcimiento

Juan Carlos Barreto expone en Tacuarembó

La muestra “Tiempo de Espera”, del artista plástico maragato Juan Carlos Barreto, se exhibirá desde este jueves en Museo De Artes Plásticas de Tacuarembó.

La misma podrá ser visitada desde la hora 20:30 y se extenderá hasta el sábado 25 de febrero.

La muestra es organizada por la Intendencia y la Casa de la Cultura de Tacuarembó.

Tiempo de Espera fue presentada en el mes de abril en las instalaciones del Museo Departamental de San José.

RESEÑA TIEMPOS DE ESPERA
por Pedro Peña

Una vez me reuní con Juan Carlos Barreto en el Café del Teatro Macció. Lo recuerdo perfectamente. Yo le hablaba de algún proyecto cultural mientras él, cabizbajo y reconcentrado, movía su mano derecha. Detrás de la taza del café asomaba el movimiento de una fibra Pilot azul.

Al principio sentí que no me escuchaba. Pero no era verdad. Lo que sea que estuviera haciendo no lo distraía de la conversación, a la que respondía con criterio. Debemos haber estado así unos quince o veinte minutos de charla fraterna con un café de por medio. Al final, antes del apretón de manos de la despedida, Juan Carlos puso frente a mí una servilleta dibujada por su propia mano en aquellos minutos. Quedé sorprendido: el dibujo era maravilloso, tanto que le pregunté si de verdad quería regalármela. Por supuesto, me dijo. Es lo que salió de esta charla.

Y así es el punto de partida del trabajo de Juan Carlos Barreto: un café, un avión, un ómnibus, son los espacios ocasionales en los que aparece el germen de algo que después puede tener cientos de derivaciones. La servilleta, cuya blancura simboliza en un principio la ausencia de creación, se convierte en un micromundo artístico compuesto por líneas, puntos y figuras que conjugan la sencillez con la complejidad, lo clásico con lo vanguardista, la imagen que surge de la observación y que luego se torna original y universal a la vez, y revela la potencia creativa que late en la sencillez de cualquier material. Ya lo advertía Fernando Rius en ocasión de otra muestra compartida realizada por Barretto y Sfeir en el año 1998: “…En la serena planicie del lienzo o en la modesta servilleta, en la oficiosa cartulina o en un sencillo papel de domesticada celulosa, el pincel o el grafo o la tinta irrevocable, desliza su destino de formas y matices hacia la felicidad de un mundo nunca visto. Y entre ése y este otro mundo, una antigua vocación ilusionista, tenaz, perfora la cáscara del ser para dar a luz a su arte.”

Luego vendrá el resto del proceso, ya que la servilleta puede hoy por hoy fácilmente trasladarse al formato digital y terminar siendo luego una lámina, un cuadro, un mural. Ese es el destino final que el creador ignora en el momento del primer trazo. Esa es la maravillosa transmutación del arte plástico: un idioma que se habla en silencio y que requiere, muchas veces, del mismo silencio que lo generó para ser apreciado en todo su alcance. El mismo Barretto lo explica claramente al referirse a su propia creación: “…simplemente dibujando, con mis silencios, pero que, como en la música, son necesarios. No interrumpen la melodía sino que la embellecen.”

El juego es otro de los alcances de la obra del artista. Y bien puede afirmarse que todo arte es hijo del juego, un juego que al principio fue mimesis, imitación, pero que con el tiempo trasciende lo meramente figurativo y amplía el universo de posibilidades de plasmación y de interpretación. Al respecto dice Barretto reflexionando sobre una de sus principales motivaciones: “de una manera muy lúdica, ganarle tiempo al tiempo”. Y en ese concepto de ganarle tiempo al tiempo está resumida toda la tragedia del impulso artístico, todo el conflicto del arte con lo que de alguna manera podríamos llamar mundo real: el paso del tiempo que, solamente en la obra, aparece atrapado, inmovilizado, detenido en una línea que se traslada en el espacio entre dos puntos. Ese tiempo en espera que todos sufrimos o disfrutamos de acuerdo a las circunstancias y que también está hecho de imágenes, formas y colores.

Líneas, espacios y puntos diseñan la arquitectura primaria del trabajo de Juan Carlos Barretto, y en los intersticios dispuestos entre unos y otros van surgiendo las formas geométricas, claras, precisas y muchas veces distorsionadas, que completan la primera versión. Pero por más que la distorsión vanguardista genere un sistema de significados distinto, nunca esa distorsión será agresiva a la vista. La disposición de todas las partes, la proporcionalidad que elabora el conjunto, producen siempre una sensación grata al espíritu. Y también una idea simple y potente a la vez: la belleza tiene muchos caminos.