Lectura

Los Niños del Hospital

Hospital Viejo (San José)

Aquella tardecita de invierno cuando en el Club San José el cirujano Ricaurte le contó esta historia a sus compañeros de copas, seguramente nunca imaginó que algún día ésta sería contada en un blog.

Para mi suerte, uno de esos compañeros -también médico- se vio en la necesidad de desahogarse con alguien ante una situación que le tocó vivir en su ámbito laboral, y no tuvo mejor idea que hacerlo en un grupo donde había varios a los que pese a haberles pedido casi implorando que no contaran nada de lo que él dijera, ya han desparramado la historia con lujos de detalles en cuanta ocasión se les ha presentado; hoy la reproducimos en semecanta.com y creer lo que en ella se detalla queda a voluntad del lector. Los nombres han sido cambiados.

Aquella tarde de inicios de los 80´ la llovizna molestaba más de lo que mojaba. Por lo enormes ventanales del club se podía ver la plaza de los Treinta y Tres Orientales, la principal de la ciudad de San José de Mayo, los plátanos desnudos tenían sus ramas grises crispadas, como dedos reumáticos que buscaban tocar el cielo que con el paso de los minutos se iba poniendo oscuro. A uno de los lados cruzando la calle se veía al cura de la Basílica Catedral despidiendo a los feligreses que habían asistido a la última misa del día; en el otro extremo el foco rojo y cuadrado en la parte superior del teatro Macció anunciaba que en la noche que se iniciaba se desarrollaría alguna función.

Ricaurte fue el último en llegar. Después de todo un día de trabajo en el hospital de San José, estacionó su auto en la calle 25 de Mayo, con la trompa mirando a la plaza, al bajar las suelas de sus zapatos negros salpicaron el agua de un charquito que se había formado en la calle. El médico levantó un poco su gabardina casi tan oscura como sus zapatos, ocultó su rostro con barba cana entre su bufanda y la boina escocesa y avanzó, subió las escaleras del club y se acercó a la mesa donde lo esperaban, como siempre, Martínez, Perera y Fontes.

Martínez y Perera trabajaban en el Banco La Caja Obrera, mientras que Fontes recién daba sus primeros pasos como médico general. Era muy joven y había calzado en el grupo porque en realidad el amigo de los otros tres era su padre, Fontes viejo, pero su muerte temprana y el cariño que los veteranos le tenían a “Fontes chico” hizo que éste se sintiera en familia cada vez que compartía algunos momentos con los personajes antes mencionados. El copetín de las siete de la tarde en el club era un clásico y seguramente una de las cosas que más disfrutaban de sus rutinas.

“¿Cómo anda la gente?– Preguntó Ricaurte estirando la última “e” de gente.

– “No sé si andamos muy bien, pero mejor que vos seguro”– le respondió Perera entre risas. -¿Te pasó algo?

“Si les cuento no me van a creer y se van a cagar de risa” – dijo el recién llegado mientras se acomodaba en una silla de madera.

“Contá, dejate de misterios” – le salió al cruce Perera que al mismo tiempo levantaba su mano derecha indicándole al mozo que le sirviera “lo de siempre” a Ricaurte, y lo de siempre era un whiskie doble con tres piedras de hielo.

“Bueno, les cuento, pero si me toman el pelo ahí queda. Se van a la mierda.” – aclaró de antemano el cirujano mientras se sacaba la gabardina, bufanda y boina. Fontes escuchaba y hablaba poco, la intriga lo carcomía, hasta que por fin Ricaurte empezó a narrar lo que le había pasado.

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