Lectura

Benditas Almas

El frío de la noche de finales de junio era ideal para pasar horas charlando en un lugar que conservara algo de calor. El bar del barrio parecía ser el espacio ideal para eso.

El Chino y la vieja Rosaura así lo habían entendido. Él era un laburante que vivía de mercado en mercado cargando y descargando frutas y verduras; ella una señora sesentona, gorda y desdientada, famosa por sus prácticas umbandistas, hecho por el que se la conocía como “la bruja del barrio”.

Quienes la trataron aseguran que mala no era, y que más que ofenderse por el apodo lo que hacía era sentir pena por la ignorancia ajena. Siempre paraba en el bar, era un parroquiano más.

Al Chino lo conocía de jovencito, cuando él recién se iniciaba en el mundo de la noche y la bohemia, ese ambiente de aliento alcohólico permanente y de penas, que por algunos minutos, los que dura el vaso lleno, se diseminan en el aire como el humo de los tabacos que uno tras otro van quemando sus habitantes.

Después le había perdido el rastro, cuando a él le salió un trabajo por un buen sueldo (para un changarín) en el Mercado Modelo de Montevideo. De eso habían pasado más de 15 años y ahí estaban, otra vez, frente a frente acodados en el mismo mostrador.

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