Lectura

Hasta la semana que viene Luisito Malespina

De niño y adolescente fui un pibe inquieto. Hiperactivo para los ajenos, insoportable para los mayores de mi familia que estaban a mi cuidado.

Me costaba mucho quedarme quieto en un lugar. Me movía mucho. Si me enfermaba me costaba cumplir el reposo recomendado por lo médicos, viajar en ómnibus y estar mucho tiempo sentado me desesperaba, o tener que estar en una sala de espera me ponía como esos leones enjaulados que caminan de un extremo a otro de la jaula con la esperanza de que algunos de los barrotes se abran, aunque sea un poquito para poder sacar la cabeza y rugir al mundo que ese no es mi lugar. En definitiva, parecía que “tenía hormigas en el culo”, como decía un amigo de la familia.

Por aquel entonces mi cabeza era más chica, la vida todavía no me había dotado de una cabeza tamaño adulto, por lo que mis paletas (dientes incisivos centales), que además de ser gigantes estaban como saltadas para adelante, igualitas a las de un castor, parecían aún más grandes. Es como que tenía una microcefalia pero no culpa del virus del zica, sino por mi dentadura. Mi boca era una especie de talle 5 y los dientes un talle 10, mínimo.

“Cuidá esos dientitos”, me decía mi abuela Gladys con un dejo de misericordia. Tiene que usar brackets decían otros, quizá hay que hacerle una cirugía agregaban los más sádicos. Todos tenían algo para decir y todas las “soluciones” sonaban a algo atroz.

Cuando se hablaba de mis dientes mi interior temblaba igual que esos perros callejeros flacos, que te miran con ojos tristes, escondiendo la cola entre las patas y bajando las orejas, como pidiendo piedad mientras la lluvia los moja.

Debe haber sido por todo eso que me llamó tanto la atención cuando escuché, por primera vez, que el doctor Malespina, Luisito, me decía: “Ya está César. Nos vemos la semana que viene”, mientras se sacaba los guantes de látex y levantaba esa lupa que se ponen los odontólogos como una vincha en la cabeza.

-¿¡Ya está!? – le preguntaba yo extrañado y sí, ya estaba.

Siempre me pregunté cómo él podía dejarme quieto en una silla por no menos de 40 minutos y, encima, con la boca abierta.

 

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